“Pero el dinero no es la razón principal de este video.”
La pantalla cambió. Aparecieron transferencias bancarias. Mensajes impresos. Fotografías de reuniones privadas en un casino de Monterrey. Contratos con firmas falsificadas.
“Madre, Fernanda… durante dos años, desviaste dinero de la fundación que creé para niños con cáncer. Treinta y ocho millones de pesos usados para deudas de juego, viajes, joyas y favores políticos.”
La iglesia estalló en murmullos de asombro. Una mujer se persignó. Un empresario sacó su teléfono. Alguien dijo en voz alta:
“¡Qué vergüenza!”
Doña Teresa retrocedió.
“¡Eso es mentira! ¡Mi hijo era mentalmente inestable!”
Julián continuó, tranquilo e implacable.
“No, Madre. Yo no era el enfermo. Simplemente me di cuenta demasiado tarde de hasta dónde estabas dispuesta a llegar.”
Un escalofrío me recorrió el cuerpo.
Arturo hizo una señal con la mano. Una de las personas que había entrado con él cerró las puertas de la iglesia desde adentro.
Doña Teresa lo notó de inmediato.
—¿Por qué cierran las puertas? ¿Qué significa esto?
Nadie respondió.
La pantalla mostraba una grabación nocturna del garaje de nuestra casa en Las Lomas. La fecha aparecía en la esquina: tres días antes del accidente.
La imagen era en blanco y negro, pero bastante clara. Una mujer con un abrigo oscuro, guantes y una bolsa grande entró al garaje. Caminó directamente hacia el auto de Julián.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
La mujer se agachó junto al vehículo.
Fernanda comenzó a llorar en silencio.
—No… —susurró.
Doña Teresa la miró fijamente.
—¡Cállate!
Pero ya era demasiado tarde.
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