La imagen de Julián llenó la pantalla frente al altar.
No era un video de despedida común. No había música triste, ni diapositivas familiares, ni recuerdos conmovedores. Julián estaba sentado en su oficina, con la misma camisa azul que había usado dos días antes de su muerte. Su rostro se veía cansado, sus ojos oscuros, pero su mirada era firme.
“Si están viendo esto”, dijo, “significa que no llegué vivo a mi propio funeral”.
Un profundo silencio se apoderó de la iglesia.
Me tapé la boca con una mano. Verlo tan cerca y a la vez tan inalcanzable me destrozó por dentro.
En la grabación, Julián respiró hondo.
“Primero, quiero hablar con mi esposa, Mariana. Amor mío, perdóname por no haberte contado todo. No quería asustarte. Pero desde hace semanas sabía que algo andaba mal”.
Doña Teresa apretó los labios. La sonrisa de Fernanda desapareció.
“Nuestro hijo es mío”, continuó Julián. “Tengo tres pruebas de paternidad de tres laboratorios diferentes, todas con custodia legal y firmadas ante notario”.
Documentos sellados, fechas y firma
Aparecieron imágenes en la pantalla.
La prueba que Doña Teresa había arrojado sobre el ataúd quedó al descubierto: un fraude.
La gente en la iglesia comenzó a murmurar con indignación.
Doña Teresa alzó la voz.
«¡Eso se puede falsificar! ¡Esto es manipulación!»
Arturo permaneció inmóvil.
«El video continúa».
Julián miró fijamente a la cámara.
«Le dejo a mi hijo mi apellido, mis bienes y todas las acciones que he acumulado con mi trabajo. Todo está protegido en un fideicomiso irrevocable a nombre de Mariana y del bebé. Nadie puede tocarlo. Ni mi madre. Ni mi hermana. Ni ningún socio que hayan logrado comprar».
Fernanda soltó mi anillo de bodas como si la hubiera quemado. La joya cayó al suelo con un leve sonido, pero dentro de aquella iglesia, resonó como un trueno.
No podía agacharme. Mis piernas se negaban a moverse.
Entonces Julián dijo algo que cambió el ambiente de la sala.
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