Me arrancó el anillo de bodas con tanta fuerza que me raspó el dedo. El anillo cayó en su palma como un trofeo.
—Mírate —dijo Fernanda, mostrándoselo a todos—. Una viuda, pobre y embarazada de un hijo ilegítimo.
Me temblaban las piernas. Sentí a mi hijo moverse dentro de mí, como si incluso él pudiera oír su crueldad.
Doña Teresa colocó los papeles falsos sobre el ataúd de Julián y se inclinó hacia mí.
“Hoy te vas de la casa. Las cuentas están congeladas. Los autos, las propiedades, la empresa… todo vuelve a la familia real”.
Miré fijamente el ataúd, deseando despertar de la pesadilla. La mañana antes de que Julián se fuera, me había dicho algo extraño.
“Pase lo que pase, confía en Arturo. Ya lo tengo todo resuelto”.
Arturo era su abogado.
Pero Arturo no estaba allí.
Doña Teresa levantó la mano e hizo una señal a dos guardias de seguridad.
“Sáquenla antes de que siga actuando”.
Entonces, las enormes puertas de la iglesia se abrieron de golpe.
El ruido fue tan fuerte que todos se quedaron paralizados.
Un hombre con un traje gris caminó por el pasillo central. Era Arturo Salcedo, el abogado de Julián. Dos personas lo seguían, cada una con un maletín negro y una pantalla portátil.
Su voz era firme y fría.
“Por estrictas instrucciones del señor Julián Mendoza, no se realizará ningún entierro hasta que se muestre este video”.
Doña Teresa sonrió con orgullo, como si pensara que era un homenaje a ella.
Pero cuando el rostro de mi esposo apareció en la pantalla y pronunció la primera frase, mi suegra palideció.
No podía creer lo que estaba a punto de suceder.
PARTE 2
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