Pero callado.
Después del brindis, fui al pasillo para tomar aire. No esperaba encontrarme con Daniela cerca del baño, rodeada de dos amigas.
—No sé por qué Andrés insistió en invitarla —dijo una de ellas.
Daniela soltó una risa.
—Porque es su hermana. Ya sabes, esas obligaciones familiares.
—Parece fuera de lugar.
—Totalmente —respondió Daniela—. Es una apestosa chica de campo. Imagínate tenerla en las fotos de la boda.
Las palabras me atravesaron.
No por mí.
Yo sabía quién era.
Me dolió por mi hermano.
Porque si esa mujer hablaba así de mí antes de casarse, ¿qué haría después con nuestra familia, con nuestras raíces, con todo lo que él era antes de conocerla?
Salí del pasillo.
Daniela me vio.
Su rostro se quedó congelado un segundo.
Luego sonrió.
—Ay, Valeria… no era para tanto.
Yo la miré.
—¿No?
—Era una broma.
—Claro.
—No vayas a hacer una escena —dijo, bajando la voz—. No querrás avergonzar a tu hermano en un hotel como este.
Ahí fue cuando algo dentro de mí se acomodó.
No era rabia.
Era claridad.
—Tienes razón —dije—. Este hotel merece respeto.
Ella sonrió, creyendo que había ganado.
—Exacto.
Yo también sonreí.
—Por eso voy a pedirte que no vuelvas a hablarle así a ningún empleado, a ningún invitado ni a nadie que consideres inferior.
Su expresión cambió.
—¿Perdón?
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