—No —dije—. Rodrigo Méndez. Salgado es mío.
El oficial nos miró a ambos.
La sonrisa de Rodrigo se endureció.
Valeria se acercó a él. Me miró de arriba abajo, observando mi bata, mis pies descalzos y mi rostro sin maquillar. Luego sus labios se curvaron.
Esa sonrisa me despertó más que cualquier café.
—Oficiales —dijo Rodrigo—, mi esposa está teniendo una especie de crisis. Se enteró de nuestra separación y reaccionó irracionalmente. Cambió las cerraduras mientras yo estaba de viaje de negocios. Mi madre se preocupó.
—¿Su madre sabía que estaba en Cancún? —pregunté.
Me ignoró.
—Tiene mis pertenencias adentro —continuó—. Documentos importantes. Ropa. Mi computadora portátil del trabajo. Tenemos que entrar.
—¿Tenemos? —pregunté.
La sonrisa de Valeria se acentuó.
Rodrigo finalmente me miró.
—No lo arruines.
Me reí.
No fuerte.
Sin dramatismo.
Solo una vez.
Todos lo oyeron.
—Rodrigo —dije—, me enviaste un mensaje a las 3:16 de la madrugada diciendo que te habías casado con Valeria y que llevabas diez meses acostándote con ella. Me llamaste aburrido y patético. Luego, tu madre apareció con la policía antes de las nueve, alegando que te había robado la casa. La fealdad vino en tu maleta.
El oficial más joven arqueó las cejas.
Doña Lupita jadeó.
—¡Mentiras!
Levanté el teléfono y abrí el mensaje.
El oficial mayor se inclinó lo suficiente como para leer a través de la pequeña rendija de la puerta.
Sus ojos recorrieron la pantalla.
Luego miró a Rodrigo.
Hay momentos en que un hombre se da cuenta de que una chaqueta no puede encantar a un uniforme.
Vi a Rodrigo vivir uno de esos momentos.
—Señor —dijo el oficial—, ¿usted envió este mensaje?
Rodrigo apretó la mandíbula.
—Era privado.
—Eso no es lo que pregunté.
Valeria le tocó el brazo.
—Rodri, no.
Rodri.
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