Perlas. Lápiz labial. Una blusa impecable. Un bolso bajo el brazo. Una madre verdaderamente preocupada habría venido en pantuflas y con el pelo despeinado. Doña Lupita se había arreglado para recibir visitas.
Eso fue lo primero útil que noté.
Lo segundo fue la camioneta negra que giraba lentamente hacia la calle detrás de ella.
La camioneta de Rodrigo.
No sentí un vuelco en el estómago.
Se me endureció.
No había corrido a casa presa del pánico.
Había llegado con refuerzos.
—Puedo mostrarles los papeles de propiedad —les dije a los oficiales—. La casa es mía. La compré antes de casarme. Pagué la hipoteca. La escritura está solo a mi nombre.
El oficial más joven parpadeó.
Doña Lupita dejó de gritar por un instante.
Entonces se abrieron las puertas del SUV.
Rodrigo salió primero.
Llevaba el mismo blazer azul marino que usaba cuando quería aparentar importancia. Los mismos zapatos caros que le había comprado dos Navidades antes. La misma expresión, solo que esta mañana no mostraba culpa ni vergüenza.
Mostraba fastidio.
Como si le hubiera causado molestias.
Valeria salió del asiento del copiloto.
Iba vestida de blanco.
No era un vestido de novia. Peor aún. Un mono de lino suave, sandalias caras, aros dorados y una melena brillante que le caía por la espalda como en un anuncio de champú. Un anillo brillaba en su mano izquierda a la luz de la mañana.
Por un segundo, me quedé mirándola fijamente, y algo dentro de mi pecho emitió un pequeño y seco sonido.
Entonces Rodrigo vio la cadena en la puerta.
Su expresión cambió.
—Mariana —dijo con cuidado, como quien intenta calmar a un animal—. Abre la puerta.
—No.
El oficial mayor lo miró.
—¿Es usted el esposo?
Rodrigo le dedicó la sonrisa que usaba con las recepcionistas y los gerentes de banco.
—Sí. Rodrigo Salgado.
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