Para empezar, la comida no era la misma, aunque muchos platos suenen iguales. En los 70 se comía más “real”, sin que eso fuera una moda o una tendencia saludable. No existían los ultraprocesados tal como los conocemos hoy. Había menos productos empaquetados, menos ingredientes impronunciables en las etiquetas y, sobre todo, menos azúcar escondida en todo. El pan era pan, el jugo era fruta exprimida, y los dulces eran un gusto ocasional, no una presencia diaria en cada comida.
Las porciones también eran muy distintas. Basta comparar un refresco de aquella época con uno actual para notar el cambio. Antes, una botella pequeña se compartía o se tomaba de vez en cuando. Hoy, los envases gigantes son lo normal, y muchas veces se consumen sin pensar. Lo mismo pasa con los platos de comida: antes se servía lo justo, y repetir no era una costumbre automática.
Otro factor clave era el movimiento constante. En los 70 la vida era mucho más física, incluso sin proponérselo. Se caminaba más, se usaba menos el carro para trayectos cortos, los niños jugaban en la calle durante horas, los adultos hacían tareas domésticas sin electrodomésticos que lo resolvieran todo. Subir escaleras, cargar bolsas, limpiar, arreglar cosas en casa… todo implicaba gasto de energía.
El trabajo también era diferente. Muchos empleos requerían actividad física, o al menos no implicaban estar sentados frente a una pantalla durante ocho o diez horas seguidas. Hoy pasamos gran parte del día sentados, y cuando terminamos de trabajar, seguimos sentados: en el carro, en el sofá, frente al televisor o el celular.
La relación con el tiempo influía mucho. En los 70 no se comía con tanta prisa. Las comidas eran momentos más pausados, muchas veces en familia. No existía la cultura del “comer corriendo” frente a una pantalla. Al sentarse a la mesa, se comía con atención, se conversaba y, cuando el cuerpo estaba satisfecho, se terminaba. No había tanta distracción que empujara a comer de más sin darse cuenta.