Desde ese día empezó a tratarme de forma diferente.
Me prestó libros de negocios que apenas entendía. Me enseñó a pronunciar palabras en inglés sin hacerme sentir ignorante. Me habló de pequeñas inversiones, de ahorrar, de planificar el futuro. Nadie de mi edad me había hecho mirar tan lejos. Con ella, por primera vez, sentí que mi vida podía ser más grande que el taller, las deudas y la tierra árida de mi casa.
Y sí, me enamoré.
Ni sus vestidos. Ni su casa. Ni su dinero.
Me enamoré de la forma en que me escuchaba, como si yo valiera algo.
Cuando confesé en casa, casi me echan.
—Esa mujer te tiene hechizado —dijo mi tía.
“Lo que quieres es una madre, no una esposa”, espetó mi prima.
—Te va a usar y luego te va a desechar —dijo mi padre, dolido.
Pero me mantuve firme. Luché por ella. La defendí delante de todos. Y aunque todo el pueblo me tachó de ambicioso, loco o aprovechado, no me rendí.
La boda tuvo lugar en una antigua hacienda, iluminada con velas, decorada en blanco y con músicos tocando como si fuera una fiesta para gente influyente. Había demasiados hombres vestidos de negro, demasiadas radios en sus auriculares, demasiada seguridad para una boda sencilla. Lo noté, sí. Pero estaba tan cegada por lo que sentía que decidí no preguntar.
Esa noche, cuando por fin nos quedamos solos en una habitación enorme, Celia cerró la puerta con manos temblorosas. Luego dejó un sobre grueso y unas llaves sobre una mesa.
“Es tu regalo de bodas”, me dijo. “Un millón de pesos y un camión”.
Sonreí nerviosamente y le devolví el sobre.
—No necesito nada de eso. Contigo, ya he ganado.
Entonces me miró de una manera extraña. Triste. Como si estuviera a punto de derrumbarse.
— Hijo… quiero decir, Efraín… antes de que esto vaya a más, tengo que decirte algo.
Sentí un escalofrío.
Celia se quitó lentamente el chal. Y cuando mi mirada se posó en su hombro izquierdo, me quedé paralizada.
Tenía una luna oscura y redonda con un borde irregular.
Lo mismo.
En el mismo lugar.
La misma marca que mi madre siempre había tenido en la clavícula.
Levanté la mano, temblando.
—Esa marca… ¿por qué la tienes?
Celia cerró los ojos y dio un paso atrás.
El ambiente se volvió denso. La habitación dejó de sentirse como una suite y comenzó a sentirse como una trampa.
—Porque ya no puedo permanecer en silencio —susurró.
Y cuando abrió la boca para decir la verdad, comprendí que no podía creer lo que estaba a punto de suceder…
PARTE 2
⏬ Continua en la siguiente pagina ⏬