Me desperté sola. La habitación estaba en silencio, la cama a mi lado vacía. El tipo había desaparecido sin siquiera despedirse.
Había un sobre en mi almohada.
Al principio pensé que era una nota de despedida, pero cuando la abrí, sentí un escalofrío en el estómago.
Dentro había fotos tomadas el día anterior y una breve nota.
Decía que si no quería que esas fotos terminaran en internet y las vieran mis hijos y familiares, debía transferir dinero. Abajo estaba el número de la tarjeta.
En ese momento, me di cuenta de que había sido víctima de una estafa.
Todo había sido planeado con antelación: las conversaciones, la atención, la noche, la confianza.
Les cuento esta historia para advertir a otras mujeres. Piensen bien antes de confiar en desconocidos, por muy atentos y sinceros que parezcan. A veces, el precio por minuto de calor puede ser demasiado alto.