Por una vez, Ethan no tenía nada que decir. Simplemente se quedó mirando.
Daniel me dedicó un leve asentimiento, un reconocimiento silencioso entre dos personas que se habían conocido en circunstancias terribles y que, aun así, habían logrado mantenerse firmes. Luego se dirigió a Madison. «Mi abogado se pondrá en contacto contigo».
Ella volvió a llorar, pero él no paró. Salió sin dar un portazo. De alguna manera, eso le dio un aire más definitivo.
Madison llegó un minuto después, apenas capaz de mirarme a los ojos. En el umbral, se detuvo y susurró: «Lo siento».
Creí que lo sentía. Simplemente no pensé que eso cambiara nada.
Cuando la puerta se cerró tras ella, la casa quedó en silencio, salvo por la respiración de Ethan y el leve zumbido del refrigerador. Parecía más pequeño, como si la verdad le hubiera arrebatado algo.
“Cometí errores”, dijo.
—No —respondí—. Tú tomaste decisiones.
Abrí la puerta y esperé.
Cogió la maleta, salió a la fría noche y se giró una vez como esperando que lo detuviera. No lo hice.
Entonces cerré la puerta con llave, me apoyé en ella y dejé que el silencio volviera a ser mío.
Si esta historia te ha dejado boquiabierto, dime con sinceridad: ¿cuál fue el momento más satisfactorio: el timbre, los cristales rotos o el cierre definitivo de la puerta?