Mientras el cielo madrileño se teñía de naranja al atardecer, Sofía García finalmente pulsó el botón de enviar en el último correo electrónico del proyecto más importante del año para un cliente.
El diseño final fue entregado. La tensión que había sentido entre sus omóplatos durante todo el día se alivió, aunque solo un poco.
Eran las 8 de la noche.
Llevaba en su escritorio desde las 8 de la mañana, sobreviviendo a base de una breve siesta y un bocado rápido. La oficina, antes abarrotada, se estaba vaciando rápidamente; solo quedaban unos pocos compañeros, encorvados sobre sus pantallas, intentando cumplir con sus propios plazos de entrega.
Sofía cogió su teléfono.
Javier no ha respondido.
Esa mañana le había enviado un mensaje de texto, dulce, comprensivo, como siempre lo hacía.
“Que tengas un buen viaje de negocios a Barcelona, cariño. Come bien. Estaré esperando noticias tuyas.”
Dos marcas grises.
Sin leer.
Sofía exhaló y se obligó a pensar en una historia tranquila: Está ocupado. Reuniones. Clientes. Barcelona.
Habían pasado tres días desde que se fue. La casa se sentía demasiado silenciosa sin él. Cinco años de casada, y ella seguía intentando facilitarle las cosas, porque para ella eso era el amor: esfuerzo.
Antes de empacar, abrió Instagram. Simplemente navegando sin rumbo. Una actualización de una vieja amiga. Un anuncio. Videos de recetas.
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