“Solo son los papeles del seguro, mamá. Firma aquí.”

Confiaba en él.
Firmé.
Después de eso, cambió. Distante. Frío. Solo se centraba en cuentas, llaves, papeleo. De repente, anunció que se casaba con Vanessa, y poco después, aquella llamada: se había quedado con mi dinero y había vendido mi casa.

Entré en mi estudio y abrí la caja fuerte escondida tras el cuadro de Ernesto. Dentro estaba mi verdadera protección.
Años antes, mi abogado me había advertido:
“Una mujer con bienes y un heredero debe protegerse, incluso de aquello que jamás querría imaginar”.
Así que creamos una sociedad holding: Villaseñor Patrimonio. Todos mis bienes, incluido mi apartamento, pertenecían a esa empresa. Yo era el único administrador. Diego tenía una participación, pero ninguna autoridad. Nada podía venderse sin mi aprobación.
¿Y mi dinero? Solo sabía de mi pequeña cuenta corriente. Mi verdadera riqueza estaba en otro lugar, fuera de su alcance.
En resumen,
no me había robado mi fortuna.
Había robado dinero de bolsillo.
Y lo que es peor, había vendido ilegalmente propiedades que no le pertenecían.
Fraude.
Preparé un café y me senté. Tenía dos opciones:
advertirle… o dejar que aprendiera.
Recordé sus palabras: “Nos vemos. O tal vez no”.
Y elegí.
Al día siguiente, me vestí con determinación. Un vestido de seda azul marino, perlas, lápiz labial rojo; ese que, según Ernesto, me hacía parecer imparable. Luego llamé a mi abogado.
“Nos vemos esta noche en el club. Traigan a la policía. Voy a presentar cargos.”
Llegué a las ocho en punto.
⏬ Continua en la siguiente pagina ⏬