Porque mi brillante hijo, que es abogado, acababa de cometer el mayor error de su vida.
Para entender por qué reaccioné así, necesitas saber quién soy. Me llamo Teresa Villaseñor. Tengo sesenta y cuatro años y cada peso que poseo proviene de años de sacrificio. Mi difunto esposo Ernesto y yo comenzamos con una pequeña panadería en Jalisco. Trabajamos sin descanso, sin vacaciones ni pausas, hasta que la panadería se convirtió en una cadena de tiendas. Después de su fallecimiento, vendí todo, invertí con prudencia y opté por una vida más tranquila.
Lo único que quería era paz y asegurar un futuro para mi único hijo, Diego.
Diego siempre fue inteligente, encantador y guapo. Pero tenía un grave defecto: prefería los atajos. Estudió derecho, pero le importaban más las apariencias que el esfuerzo: trajes de diseñador, coches de lujo, cenas caras. Lo mantuve demasiado. Le pagué el alquiler, sus deudas, su estilo de vida. Creía que lo estaba ayudando. En realidad, estaba criando a alguien que dependía de ser rescatado.
Todo empeoró cuando Vanessa entró en su vida.
Era de esas personas que sonreían dulcemente pero lo calculaban todo. Hermosa, refinada, siempre grabándose, siempre hablando de estatus y lujo. La primera vez que visitó mi casa, ni siquiera me miró; simplemente examinó mis pertenencias.
“¡Qué apartamento tan impresionante, Doña Teresa!”, dijo. “Debe valer una fortuna. ¿Ha pensado alguna vez en venderlo y mudarse a un lugar más… apropiado para su edad?”.
Sonreí cortésmente y dije que no.
Pero Diego no lo dejó pasar.
Pronto empezó la presión:
«Mamá, déjame administrar tus finanzas».
«Mamá, firma este poder notarial para que pueda encargarme de todo».
«Mamá, simplifica tus bienes».
Fingí no darme cuenta, hasta que seis meses antes de esa llamada contraje neumonía. Estuve hospitalizada, débil y medicada. Diego me visitaba a diario, atento y cariñoso. Un día, me pasó unos documentos.
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