—¿Y Mia? —pregunté.
Su sonrisa flaqueó ligeramente.
«No están preparados para dos hijos. Ella aún es pequeña. Otra familia vendrá por ella. Se volverán a ver algún día».
—No iré —dije—. No sin ella.
—No tienes opción —respondió ella con dulzura—. Tienes que ser valiente.
Esa palabra —valiente— significaba hacer lo que te dicen.
El día que me llevaron, Mia se aferró a mi cintura y gritó:
“¡No te vayas, Lena! ¡Por favor! ¡Me portaré bien, lo prometo!”.
La abracé con tanta fuerza que un miembro del personal tuvo que separarla de mis brazos.
—Te encontraré —seguí susurrando—. Lo prometo.
Ella seguía llamándome por mi nombre mientras me metían en el coche.

Ese sonido me acompañó durante décadas.
Mi familia adoptiva vivía en otro estado. No eran crueles. Me dieron comida, ropa y mi propia cama. Me llamaban afortunada.
También odiaban hablar de mi pasado.

“Ya no tienes que pensar en el orfanato”, solía decir mi madre adoptiva. “Ahora nosotros somos tu familia”.
Así que aprendí a dejar de mencionar a Mia en voz alta.
Pero en mi mente, ella nunca desapareció.
Cuando cumplí dieciocho años, regresé al orfanato. Nuevo personal. Nuevos niños. Las mismas paredes desconchadas.
Les di mi antiguo nombre, mi nuevo nombre, el nombre de mi hermana. Una mujer regresó con una carpeta delgada.
“Ella fue adoptada poco después que tú”, dijo. “Le cambiaron el nombre. Su expediente está sellado”.
Lo intenté de nuevo años después. La misma respuesta.
Archivo sellado. Sin detalles.
La vida siguió su curso. Estudié, trabajé, me casé muy joven, me divorcié, me mudé, me ascendieron. Desde fuera, parecía una mujer adulta normal con una vida estable, aunque un poco aburrida.
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