Corrieron.
“Nada de saltar de los muebles”.
Grace gritó desde arriba: “¡Esa fue Emily!”.
Algo frío me recorrió.
Emily gritó: “¡Soy una bebé! ¡No conozco las normas!”.
Estaba calentando sopa cuando Grace entró en la cocina y me tiró de la manga.
Tenía el rostro serio.
“¿Quieres conocer a mi mamá?”.
La miré fijamente. “¿Qué?”.
Asintió con la cabeza. “¿Quieres conocer a mi mamá? A ella también le gustaba jugar al escondite”.
Mi corazón empezó a latir con fuerza.
Algo frío me recorrió.
“Grace”, dije con cuidado, “¿qué quieres decir?”.
Ella frunció el ceño. “¿Quieres ver dónde vive?”.
Emily entró detrás de ella, arrastrando un conejo de peluche por una oreja.
“Mami está abajo”, dijo.
Mi corazón empezó a latir con fuerza.
Grace me arrastró por el pasillo como si me estuviera enseñando una sorpresa de cumpleaños.
“¿Abajo dónde?”, pregunté.
Grace me agarró de la mano. “En el sótano. Vamos”.
Todos los malos pensamientos me golpearon a la vez.
La puerta cerrada. El secretismo. La mirada de las chicas. Una esposa muerta. Un sótano que Daniel nunca abrió en mi presencia.
Grace tiró de mí por el pasillo como si me estuviera mostrando una sorpresa de cumpleaños.
En la puerta, me miró y dijo: “Sólo tienes que abrirla”.
Debería haber esperado. Ahora lo sé.
Se me secó la boca. “¿Papi te lleva ahí abajo?”.
Ella asintió. “A veces. Cuando la echa de menos”.
Aquello no ayudó.
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