
Más allá del volumen —su filmografía supera los 220 títulos, entre protagonistas y roles secundarios— lo que hacía especial a Kier era su enorme capacidad para transformarse. Podía ser vampiro, nazi, psicópata, monstruo, seductor perturbado, hombre refinado, ser introspectivo… Lo que pocos actores logran: encarnar múltiples almas sin perder su sello, su autenticidad. Esa versatilidad lo convirtió en un referente tanto del cine de terror y culto como del cine autoral más serio.
Kier sabía muy bien cómo enfrentarse al estigma. Nunca rehuía papeles polémicos o provocadores; al contrario, los abrazaba con dedicación. Había dicho en una ocasión que si iba a salir en películas pequeñas, prefería ser “el tipo que aterroriza al público” antes que “el hombre aburrido que vuelve a casa a comer con su familia”. Esa honestidad artística y ese descaro lo hicieron querido, respetado y recordado

Su vida personal también formó parte de ese camino sin filtros. Abiertamente gay, Kier vivió su orientación con naturalidad y defendió durante años que su sexualidad nunca condicionó su arte. Para él, lo importante era siempre el papel, no su vida privada. Esa actitud lo convirtió en una figura significativa para la comunidad LGTBI y en un ejemplo de autenticidad.
En las últimas décadas vivió en Palm Springs, Estados Unidos, junto a su pareja Delbert McBride. Ahí, lejos del ruido de los sets, llevaba una vida sencilla: disfrutaba del arte, de su jardín, de su compañía tranquila, y cuando aceptaba papeles lo hacía con la misma entrega de siempre. Dicen quienes lo conocían que, pese a sus personajes extremos, en la vida real era alguien afable, calmado, un poco melancólico tal vez, con un humor suave y esos ojos que parecían ver mucho más allá.