Desde los años setenta, Kier encontró su voz artística de la mano de Andy Warhol y el director Paul Morrissey. Fue en películas como Flesh for Frankenstein (1973) y Blood for Dracula (1974) donde su figura talló un lugar indeleble en la historia del cine. Con su físico perturbador y su presencia carismática, transformó monstruos clásicos en criaturas intensas, subversivas y memorables. Esa audacia formal y artística lo llevó a destacar en un cine que empujaba los límites, haciendo de lo grotesco algo fascinante

Pero su talento no se quedó anclado al horror. Con el paso de los años, Kier fue demostrando una versatilidad sorprendente. Trabajó con directores fundamentales de la cinematografía europea, como Rainer Werner Fassbinder, Lars von Trier y Gus Van Sant, atravesando géneros, estilos y escenarios. Desde películas de arte experimental hasta cine dramático, su rostro inquietante se adaptaba a cualquier papel, siempre dejando una huella.
En los años noventa, su particular energía le abrió las puertas de Hollywood. Así, apareció en taquillazos que muchos no asociarían con su perfil: comedias, acción, thrillers. Títulos como Ace Ventura: Pet Detective, Armageddon o incluso películas de terror modernas le permitieron mostrarse a nuevas audiencias, sin perder nunca esa aura excéntrica y magnética que lo distinguía