Este caso se mantiene vivo en la memoria colectiva de Culiacán y México entero. Los familiares insisten en que no basta con condolencias ni discursos. Quieren respuestas claras, sanciones, un cierre digno al dolor que quedó abierto. Y muchas veces, ese reclamo choca con la lentitud institucional.
Quizás algunos días un incendio es sólo un accidente. Pero en El Caso Coppel las circunstancias – puertas cerradas, acceso bloqueado, protocolo flojo – configuran un escenario íntimo de responsabilidad. No es fácil deslindar la tragedia del descuido, de la negligencia, del silencio administrativo.
Al final, “las seis que nunca salieron vivas” no sólo son nombres sobre un registro, sino vidas arrancadas prematuramente, historias truncas que dejaron familias rotas. Siendo tan real como lo trágico, este hecho nos obliga a recordar que detrás de una tienda, un contrato o un turno nocturno, están seres humanos con derechos y protección.
Hoy, años después, la llama sigue viva: sigue la exigencia de justicia, sigue el recuerdo de esas mujeres que aquel 10 de noviembre entraron convencidas de que saldrían como habían entrado. Y no fue así.