A las once cuarenta y siete de la noche, Diego Collado corría por los pasillos del Hospital Santa Catalina como si la vida se le estuviera escapando entre los zapatos.
La corbata le colgaba torcida, la camisa fina se le pegaba al cuello por el sudor, y en la mano apretaba el celular con tanta fuerza que la pantalla parecía a punto de partirse. Tania, su amante, estaba de parto tres semanas antes de lo esperado. Los mensajes no dejaban de llegar.
“¿Dónde estás?”
“Algo está mal.”
“Los doctores están preocupados.”
“Ven ya.”
Diego había dejado una cena de negocios en Polanco sin explicar nada. Tiró unos billetes sobre la mesa, abandonó su corte de carne a medio comer y salió como alma que lleva el diablo. En otro tiempo, cuando todavía era joven y todavía creía que las mentiras no cobraban intereses, habría pensado que esa noche era el inicio de su nueva vida. Un hijo con Tania. Una familia diferente. Una oportunidad para demostrar que el problema nunca había sido él.
Pero el destino, cuando cobra, no avisa.
El ala de maternidad olía a desinfectante, café recalentado y flores marchitas. De alguna habitación salía el llanto de un recién nacido. De otra, el murmullo de una familia rezando bajito. Diego avanzó siguiendo los letreros, hasta que una enfermera con uniforme morado le cerró el paso.
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