La leyó con atención.
El oficial más joven fotografió los documentos con su cámara corporal apuntando hacia abajo.
Afuera, Doña Lupita había bajado la voz, pero no su ambición.
«Esa mujer siempre ha sido fría», le dijo a una vecina. «Mi hijo necesitaba calor. ¿Acaso eso es un delito?».
Miré por la puerta abierta.
Valeria estaba de pie junto a Rodrigo con los brazos cruzados y la barbilla en alto.
Creía que había ganado algo.
Pobrecita.
Se había casado con un hombre que creía que las contraseñas eran poder.
El oficial cerró la carpeta.
—Señora Salgado, estos documentos parecen corroborar su declaración. Esta es su propiedad.
Rodrigo lo oyó.
—¿Qué? —Dio un paso al frente de nuevo—. No. Eso no es… mire, llevamos diez años casados. Yo vivo aquí.
—Que viva aquí no la convierte en suya —dije.
Me señaló.
—No puede quedarse con mis pertenencias.
—No lo haré. Haga una lista. Las haré entregar a través de un tercero.
—Mi portátil del trabajo está dentro.
—Se la daré a los agentes ahora mismo.
—Mis documentos.
—¿Qué documentos?
Ahí estaba.
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