El trayecto bajo la lluvia se me hizo más largo de lo que debería.
Rocco sujetaba el volante con fuerza mientras la chica permanecía sentada tranquilamente a su lado, agarrándose al manillar de la bicicleta como si fuera lo único que la mantenía estable.
Su nombre era Emma.
Tenía siete años.
Y durante la última semana, había estado vendiendo todo lo que encontraba solo para comprar pan.
—Gira aquí —susurró Emma, señalando una calle estrecha.
La calle estaba flanqueada por farolas rotas y edificios que parecían abandonados hacía años.
Aceras agrietadas.
Ventanas tapiadas.
Un silencio que solo existía en lugares donde la gente tenía demasiado miedo de hacer ruido.
Una casa despojada de todo
Rocco aparcó frente a una casita con la pintura desconchada y una puerta principal torcida que colgaba suelta de sus bisagras.
Las ventanas estaban oscuras.
No había electricidad.
Incluso desde el coche, podía oler la humedad y la putrefacción en el aire.
—Probablemente esté durmiendo —dijo Emma en voz baja mientras salía con su bicicleta.
“Ahora duerme mucho.”
Hizo una pausa por un momento.
“Porque duele menos cuando no estás despierto.”
Esas palabras le hirieron a Rocco más que cualquier golpe que hubiera recibido jamás.
Había construido un imperio basado en el miedo y el respeto.
Sin embargo, este niño hablaba del dolor como si fuera simplemente parte de la vida.
La casa vacía
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