—Oh no, cariño —dijo con tono tranquilizador—. Tu hermano estará bien. Nadie muere por un moretón.
Ella lo miró, con los ojos muy abiertos y húmedos.
“¿De verdad?”
—De verdad —asintió—. Pero nosotros no pegamos a la gente, ¿de acuerdo?
—No lo haré —dijo con desdén.
“¿Lo prometes?”
“Prometo.”
La niña se secó las lágrimas, se refugió en los brazos de su madre y, por primera vez en días, dejó de llorar. La paz regresó a la estación, junto con algunas sonrisas discretas de quienes habían presenciado la confesión más pequeña y sincera del día.