LAS CONSECUENCIAS
Glenda cayó de rodillas, sollozando.
“¡Lo siento! ¡No lo sabía! ¡Pensé que solo eras un obrero!”
—Hoy he trabajado como obrero —respondió Ramón con calma—. Vengo de inspeccionar un proyecto hospitalario para familias de bajos recursos. Estoy sucio porque he trabajado.
Miró al señor Chua.
«Usted es el gerente. Sin embargo, permitió que mi hija fuera humillada en su cumpleaños».
—¡Le ruego, señor, por favor, perdónenos! —suplicó el señor Chua.
—Tuviste tu oportunidad —dijo Ramón—. Hablé con respeto. Mostré mi dinero. Pero elegiste la arrogancia.
Se dirigió a Edward.
«Cierren esta tienda. Revoquen su franquicia. Despídanlos. No tolero a los empleados que juzgan a la gente por las apariencias».
—Sí, presidente —respondió Edward de inmediato.
Ramón cogió la muñeca rosa del estante y se la entregó a Nina.
“Esto es todo lo que necesitamos”, dijo.
Padre e hija salieron de la tienda mientras todos permanecían en un silencio atónito.
Detrás de ellos, dos personas aprendieron por las malas una lección que jamás olvidarían:
Nunca juzgues a alguien por su vestimenta, porque la persona a la que ridiculizas hoy puede ser la que controle tu mañana.