La pregunta que hirió demasiado
Más tarde, mientras Jonathan estaba en la barra, oyó a un pariente mayor pronunciar en voz alta el nombre de Evelyn.
“¿Evelyn Carter? ¿Y el padre de las niñas?”
La sonrisa de Evelyn reapareció, aunque frágil.
—Es un amigo —dijo, pronunciando la palabra con fuerza.
—Bueno, es difícil estar sola —continuó la mujer con indiferencia.
Jonathan regresó y rodeó con un brazo la silla de Evelyn, protegiéndola.
—Buenas noches —dijo con calma—. Soy Jonathan.
La mujer retrocedió, murmurando.
—No tenías por qué hacer eso —susurró Evelyn.
—Sí, lo hice —respondió—. Nadie se merece eso.
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