Para el señor Harrison, la lección era clara. Acariciando el pelaje de Oliver con dedos temblorosos, susurró: «No es solo mi gato. Es mi ángel de la guarda».
Y en aquella sala del hospital, nadie lo discutió. Porque todos lo habían visto con sus propios ojos.
A veces, la protección no proviene de máquinas ni de medicamentos, sino de una criatura cuya lealtad e instintos desafían toda explicación.
Oliver no se estaba despidiendo. Estaba luchando por mantener a su amo con vida.
Y ese día, contra todo pronóstico, lo logró.