La Furia Repentina del Gato
Y entonces, todo se hizo añicos.
Oliver se quedó paralizado. Sus orejas se pegaron al cuerpo. Su cuerpo se puso rígido. En un abrir y cerrar de ojos, arqueó la espalda, su pelaje se erizó como electricidad estática y un siseo gutural llenó el aire.
Las enfermeras jadearon.
«Tranquilo, muchacho», murmuró una de ellas, extendiendo la mano.
Pero antes de que nadie pudiera reaccionar, Oliver arremetió. Sus garras arañaron los brazos de su amo, sus patas golpearon furiosamente la bata del hospital, sus ojos fijos con una mirada penetrante en las muñecas del señor Harrison. No estaba frenético, sino decidido.
El anciano gritó, más asustado que herido. «¡Oliver!».
«¡Sáquenlo de aquí!», ordenó un médico. «¡Está asustado!».
Pero una joven enfermera, Emily, agarró el brazo del médico. Tenía los ojos muy abiertos, fijos en el lugar exacto donde las garras del gato habían arañado.
«Esperen. Miren ahí».
La amenaza oculta
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