—Dije que acabo de dar a luz.
—¿De quién es el hijo?
La vieja Claire se habría estremecido. La mujer a la que abandonó en el juzgado. La esposa a la que llamó inestable. La tonta a la que convenció a un juez de que era demasiado emocional para conservar el ático, las acciones de la empresa, ni siquiera su dignidad.
Pero esa mujer había desaparecido hacía meses.
Acomodé la manta alrededor de mi hija.
—Deberías volver con tu esposa.
—Claire —su voz bajó—. Dime que ese bebé no es mío.
Sonreí hacia la ventana del hospital, donde la ciudad brillaba bajo la lluvia invernal.
«Firmaste los papeles del divorcio sin leerlos, Daniel. Siempre odiaste los detalles».
Treinta minutos después, irrumpió en mi habitación del hospital vestido de esmoquin, con el rostro pálido y la pajarita suelta como una advertencia. Vanessa estaba detrás de él, con un vestido de novia y diamantes que le brillaban en el cuello.
Daniel miró al bebé.
Luego me miró a mí.
«Tú», susurró, «planeaste esto».
«No», dije con calma. «Tú sí».
Y por primera vez en años, Daniel Kingsley parecía asustado.
Parte 2
Vanessa se recuperó primero.
Entró en la habitación, su perfume impregnando el aire estéril del hospital.
⏬ Continua en la siguiente pagina ⏬