Había aprendido a resistir.
Cada palabra hiriente se convirtió en combustible. Cada burla, en una razón más para seguir adelante.
Mis días empezaban antes del amanecer. Ayudaba a mi madre un par de horas antes de ir a clases. A veces, entre bolsas de basura, encontraba libros viejos, cuadernos usados… incluso una vez encontré un diccionario casi completo. Lo limpié, lo reparé con cinta, y lo convertí en mi tesoro más valioso.
Estudiaba en cualquier lugar: en el transporte público, bajo la luz de un poste, o sentado en la acera mientras esperaba a mi madre.
No tenía computadora.
No tenía internet.
Pero tenía algo que muchos de mis compañeros no: determinación.
Un profesor, el señor Ramírez, fue el primero en ver algo diferente en mí.
—Miguel —me dijo un día después de clase—, tú no solo eres inteligente. Eres constante. Y eso vale más que cualquier talento.
Esas palabras se quedaron conmigo.
Fueron la primera vez que alguien me definió por algo más que mi origen.
A partir de ese momento, me esforcé aún más.
Participé en concursos académicos. Gané algunos, perdí otros, pero nunca dejé de intentarlo.
Poco a poco, algunos compañeros empezaron a cambiar su actitud. No todos. Pero algunos.
Sin embargo, había un grupo que nunca dejó de burlarse.
Especialmente uno de ellos: Andrés.
Era el típico chico popular. Tenía dinero, amigos, ropa de marca… y una necesidad constante de humillar a otros para sentirse superior.
—Oye, Miguel —decía en voz alta—, ¿tu mamá ya encontró algo bueno en la basura hoy? ¿O seguimos comiendo sobras?
Las risas lo acompañaban.
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