Y colgó.
PARTE 3
Mis padres regresaron el 23 de diciembre creyendo que todavía podían convertir la traición en malentendido. Esa misma tarde recibieron 2 cartas certificadas del despacho de Andrea: devolución de $38,000, pago del depósito de $5,000, daños, disculpa formal y cero contacto directo con mi abuela. Si insistían, habría denuncia penal por explotación financiera de adulto mayor.
En Nochebuena, Mónica se presentó en el nuevo edificio de mi abuela con maquillaje corrido y un sobre en la mano. La recepción llamó arriba.
—¿La dejo pasar, señora Consuelo?
Mi abuela apretó el intercomunicador.
—No.
10 minutos después, deslizaron una carta bajo la puerta. Mi abuela la leyó sentada en su sillón nuevo. “Mamá, estábamos desesperados. Nunca quisimos hacerte daño. No destruyas a la familia por dinero”.
La rompió en pedazos.
—Las palabras son baratas.
El día de Navidad llegaron a mi departamento. Pedro se veía más viejo. Mónica ya no traía joyas. Yo abrí solo lo suficiente para que entendieran que no iban a pasar.
—Necesitamos hablar con tu abuela —dijo mi papá.
—Ella no quiere verlos.
Mónica empezó a llorar.
—Soy su hija.
—Y aun así la dejaste en un aeropuerto después de quitarle $38,000.
—Íbamos a devolvérselo.
—¿Con qué? ¿Con la casa que pensaban venderle?
Pedro bajó la mirada. Mónica me señaló.
—Tú la pusiste contra nosotros.
—No. Sus correos hicieron eso.
Cerré la puerta.
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