Me senté. Apenas podía mantenerme en pie. Robert estaba de pie frente a mí, sosteniendo el sobre como si fuera peligroso.
—Prométeme algo primero —dijo.
“¿Qué?”
“Prométeme que no me interrumpirás. No hasta que termine.”
Asentí con la cabeza. Él rompió el sello. El papel que había dentro estaba cuidadosamente doblado, la letra era pulcra y dolorosamente familiar.
—Empieza como una despedida —dijo Robert en voz baja—. La escribió sabiendo que no estaría allí para dar explicaciones.
Respiró hondo para tranquilizarse y comenzó a leer.
“Mis queridos hijos. Si están leyendo esto, significa que mis temores eran ciertos. Y también significa que no viví lo suficiente para protegerlos yo mismo.”
Me tapé la boca con la mano.
No te lo conté en vida porque no quería que mis últimos meses estuvieran marcados por el conflicto. Ya estaba exhausta. Ya sufría. Quería que mis últimos días estuvieran llenos de amor, no dedicados a destapar traiciones.
Sentí una opresión en el pecho.
“Me enteré por casualidad. Mensajes que no debía ver. Fechas que no coincidían. Dinero que se movía silenciosamente, con cuidado, como si alguien creyera que nunca me daría cuenta.”
Me empezaron a temblar las manos.
“Al principio, me convencí de que estaba equivocado. Ese miedo me estaba jugando una mala pasada.”
Una pausa. El papel crujió.
“Pero la verdad no desaparece solo porque seas demasiado débil para afrontarla. No era una desconocida. Era mi propia hermana.”
Me sentí mareado.
“Le di una oportunidad para que fuera honesto. Le pregunté con calma. Quería creer que había una explicación con la que pudiera vivir.”
Las lágrimas me ardían en los ojos.
“Me dijo que me lo estaba imaginando. Que mi enfermedad me hacía desconfiar. Que debía descansar.”
La voz de mi hermano se quebró ligeramente mientras seguía leyendo.
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