Cuando llegó el taxi, me subí.
“Mis bendiciones siempre están contigo”, le dije.
—¿Cómo puedes seguir diciendo eso? —preguntó.
“Porque soy tu madre.”
Mientras el coche se alejaba, lloré.
No porque me arrepintiera de haber venido.
Pero porque finalmente lo entendí.
Crié a un hijo del que todavía me siento orgulloso.
Ahora estoy aprendiendo a dejar ir al hombre que olvidó lo que costó.
Algunas heridas pueden ser perdonadas.
Pero nunca se les olvida.
**EL FIN.**