Su confianza comenzó a desmoronarse.
Con calma les dije que tenían diez minutos para empacar sus pertenencias antes de que denunciara a las autoridades por ocupación ilegal. También le informé a Sergio que los trámites de divorcio comenzarían de inmediato.
Mi madre me acusó de abandonar a la familia. Paola estalló de ira. Sergio intentó razonar.
Pero algo dentro de mí había cambiado. La enfermedad me había arrebatado muchas cosas, pero también me había quitado la tolerancia a la traición.
Llegó la policía. Se resistieron. Los vecinos observaban. A mí me daba igual. Esa noche cambié las cerraduras.
El divorcio fue conflictivo. Sergio intentó reclamar derechos sobre la herencia, alegando las necesidades del niño. En el juicio, presenté documentos financieros que demostraban que habían utilizado los ahorros conjuntos durante mi hospitalización sin mi consentimiento. El juez falló a mi favor y ordenó el reembolso.
Han pasado dos años.
Sigo en remisión. Me ha vuelto a crecer el pelo, más grueso y rizado. Vendí la casa y me mudé a un apartamento junto al mar. Viajo. Respiro. Vivo a mi manera.
Me entero por otras personas de que ahora tienen dificultades económicas. Mi madre a veces llama para disculparse, diciendo que se equivocó en todo.
Ya no contesto.
El cáncer me enseñó algo inesperado: sobrevivir no se trata solo de eliminar la enfermedad del cuerpo, sino también de eliminar aquello que daña el espíritu.
No fueron mi red de apoyo.
Fueron mi lección.
¿Fui demasiado duro al trazar esa línea, o cruzaron una línea que jamás podrá repararse?