Un martes cualquiera, todo cambió.
El banco me contactó, no para darme un estado de cuenta, sino para informarme de un problema. La sucursal de Doña Clara había cerrado y necesitaban información actualizada para seguir procesando las transferencias. Intenté llamarla a su teléfono fijo. La llamada se cortó. Intenté llamarla al celular que le había comprado. Directamente al buzón de voz.
Una extraña sensación se instaló en mi pecho; no era pánico, sino algo más frío. Una advertencia silenciosa.
Me di cuenta de que no había hablado con ella de verdad en meses. Solo mensajes cortos de agradecimiento.
Revisé mi calendario. Tenía días de vacaciones sin usar. Las llaves del coche estaban sobre la mesa.
«¿Por qué no?», pensé. «Iré a verla. Arreglaré el problema del banco en persona. Me aseguraré de que esté bien. Quizás incluso visite los lugares donde Marina creció. Tal vez eso finalmente me ayude a superarlo».
No tenía ni idea de que me dirigía hacia una verdad que destrozaría todo en lo que creía.
El camino era largo y solitario. A medida que avanzábamos, los recuerdos se repetían en mi mente: la risa de Marina, la forma en que inclinaba la cabeza al escuchar música, el tenue aroma a vainilla en su cabello. Lloré en silencio, como solo lo hacía cuando estaba sola.
Llegué al pueblo al anochecer. Tenía ese encanto atemporal: calles empedradas, casas coloridas y una inconfundible sensación de decadencia bajo la belleza. No había estado allí desde el funeral.
Conduje hasta la calle Las Flores, número 42.
Y se detuvo.
La casa no era como la recordaba.

Las paredes descoloridas habían desaparecido, reemplazadas por una pintura amarilla brillante y fresca. El jardín estaba impecable: rosas, buganvillas, setos bien cuidados. Una nueva cerca de madera delimitaba la propiedad. Y estacionado en la entrada había un sedán que parecía casi nuevo.
Revisé la dirección dos veces.
Era correcto.
“Tal vez se las arregló bien”, me dije. “Tal vez 300 dólares al mes rinden mucho aquí”.
Aun así, una sensación de inquietud me acompañó al salir del coche con los regalos.
Toqué el timbre.
La risa surgió desde el interior.
Risas de niños.
Y la voz de una mujer.
Una voz que me heló la sangre.
Me quedé paralizada. Esa risa —ligera, musical, que terminaba en un suave suspiro— la reconocería en cualquier parte.
“Esto no es real”, me dije a mí misma. “Estás agotada. El duelo provoca esto”.
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