Ruby le entregó otra carta.
Mi queridísima Mollie,
si lees esto, ya no estoy aquí para traerte las flores personalmente. Pero no quería que el silencio fuera todo lo que dejara.
Cada flor aquí es un sábado por la mañana. Cada pétalo es una promesa cumplida.
Te amé hasta mi último aliento, y más allá.
Siempre tuyo, Thomas.
La abuela apretó la carta contra su pecho.
—Siento haber dudado de ti —susurró.
Ahora visitamos el jardín todos los sábados.
Traemos té. Libros. Tranquilidad.
A veces la abuela trae flores a casa y las coloca en el jarrón que hay sobre la mesa.
“Él sigue aquí”, dice ella. “En cada flor”.
Y tiene razón.
Algunos amores se desvanecen.
Algunos amores perduran.
Y algunos amores, como el del abuelo, nunca dejan de florecer.