Y en medio de todo eso, comprendí algo que me tranquilizó aún más: Lara me había estado observando durante un tiempo. Observándome. Comprendiendo cosas que ni siquiera mi propio hijo, con su entusiasmo, había notado.
Más tarde, cuando la noche ya estaba iluminada por las luces del jardín y la música se había vuelto más alegre, Marco se acercó a mi mesa.
—Mamá, ven aquí.
-¿Adonde?
—Bailemos contigo.
Solté una carcajada entre lágrimas.
—No, hijo, no sé bailar esas cosas.
Me dirigió la misma mirada testaruda que solía poner de niño cuando quería salirse con la suya.
—Así que hoy lo aprenderás.
Me condujo al centro del jardín. La música bajó un poco. Y delante de todos, mi hijo me abrazó y empezó a moverse despacio conmigo, como cuando era pequeño y se subía a mis pies para “bailar” en la cocina.
La gente aplaudió.
Alguien lloró.
Apoyé la cabeza en su hombro y, por un instante, dejé de ver al hombre casado, al profesional, al dueño de una vida mejor.
Vi al niño que crié entre tomates, noches en vela y pura terquedad.
—¿Eres feliz? —me susurró al oído.
Solo lo pensé por un segundo.
—Sí —respondí—. Porque hoy me hiciste sentir que todo valió la pena.
Apenas se giró para mirarme.
⏬ Continua en la siguiente pagina ⏬