—¿Cómo te llamas? —preguntó Mateo.
—Pablo —respondió el chico, retrocediendo un poco al ver a Daniela—. ¿Y la tuya?
“Mateo. Mira… casi tenemos el mismo nombre.”
Daniela sintió un fuerte dolor en el estómago. Hizo un esfuerzo por respirar.
—Disculpa, Pablo… —dijo con cuidado, como si caminara sobre hielo fino—. ¿Dónde están tus padres?
Pablo bajó la mirada y señaló un banco cercano. Allí, una mujer delgada, de unos cincuenta años, dormía aferrada a una vieja bolsa. Su ropa estaba sucia y su rostro denotaba cansancio, como si la vida le hubiera pesado más de lo debido.
—La tía Consuelo me cuida —murmuró Pablo—. Pero a veces se enferma.
Daniela apretó los labios. Algo en su interior le gritaba que aquello no era una coincidencia. Pero otra parte de ella, la que había sobrevivido a la depresión de los primeros meses de maternidad, quería huir. Conservar el misterio. Regresar a la vida familiar, aunque estuviera construida sobre interrogantes.
—Mateo —dijo ella, apretándole la mano con más fuerza de la necesaria—. Nos vamos. Ahora mismo.
Mateo se dio la vuelta, con los ojos llenos de lágrimas, como si le estuvieran arrancando algo del alma.
“No quiero irme. Quiero quedarme con mi hermano.”
La palabra «hermano» cayó como un trueno. Mateo nunca había pedido un hermano, ni siquiera había hablado de uno… hasta ese momento. Daniela sintió que todo lo que había intentado negar con tanto ahínco comenzaba a desmoronarse.
—Él no es tu hermano —soltó ella demasiado rápido—. No tienes hermanos.
—Sí, lo hago —exclamó Mateo—. Lo sé. Me habla todas las noches.
Pablo se acercó y le tocó el brazo con una ternura inusual para un niño que vivía en la calle.
“No llores… A mí tampoco me gusta cuando estamos separados.”
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Daniela alzó a Mateo en brazos, ignorando sus protestas, y se alejó a paso apresurado. Pero incluso desde la distancia, sintió la mirada de Pablo siguiéndolos, y vio —o creyó ver— una lágrima rodar por su mejilla sucia.
En el coche, Mateo repetía una y otra vez, como un martillo: “¿Por qué dejaste a mi hermano solo, mamá? ¿Por qué?”.
Daniela conducía con manos temblorosas. La plaza se alejaba en la distancia, pero el rostro de Pablo permanecía grabado en su mente. Y con él, esos extraños vacíos en sus recuerdos del parto: la anestesia, el silencio, despertar con Mateo en brazos y una inexplicable sensación de ausencia, como si algo no hubiera encajado del todo.
Cuando llegaron a casa, Ricardo estaba en el jardín regando las plantas. Sonrió al verlos… y luego se preocupó al ver la expresión de Daniela.
“¿Qué pasó?”
—Nada —mintió—. Mateo tuvo un berrinche.
—¡No fue una rabieta! —gritó Mateo, corriendo hacia su padre—. ¡Papá! Vi a mi hermano. Estaba vendiendo dulces en la plaza y mamá no me dejó quedarme.
Ricardo soltó una risa que se apagó al instante al ver a Daniela temblar.
“Campeón… no tienes hermanos.”
“Sí, me lo parece. Es igualito a mí. Díselo tú, mamá.”
Esa noche, cuando Mateo por fin se durmió, Daniela abrió una vieja carpeta con papeles médicos. Releyó todo. En ninguna parte se mencionaba un embarazo múltiple. Pero los recuerdos de aquel día estaban plagados de lagunas, como una película cortada. Y ese vacío —ese maldito vacío— ahora tomaba la forma de un niño descalzo.
A la mañana siguiente, Mateo se negó a desayunar.
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