Escena 3: La duda que dividió la imagen
Su mente intentó apartar la advertencia, porque Grant no encajaba con ella.
Grant siempre parecía sólido. Correcto. Un “solucionador de problemas”.
Ese era el papel que llevaba como un traje.
Dos años antes, cuando Natalie aún intentaba recuperarse tras la muerte de su primer marido, Grant apareció casi de inmediato.
Todo había sido repentino: un accidente de coche, noticias que parecían irreales, explicaciones que sonaban técnicas y definitivas.
En medio del caos, Grant se convirtió en una presencia constante: hacía llamadas, tramitaba formularios, se encargaba de los detalles.
Hablaba con calma y se movía como alguien que conocía a la perfección el funcionamiento de cada mecanismo.
Era amigo de su padre y se ganó su confianza poco a poco, como se hace con una cerradura.
Les ofrecía llevarlos en coche, concertaba citas cuando a su padre le daban problemas cardíacos y, de alguna manera, siempre llegaba puntual.
Su padre dependía cada vez más de él.
Y sin darse cuenta, Natalie se dejó llevar por la corriente.
Ahora la advertencia lo cambió todo.
Y lo peor no era el miedo.
Era la silenciosa y desagradable constatación de que, en algún lugar de su cuerpo, ya había estado acumulando pequeños motivos para preocuparse.
Escena 4: De vuelta al salón de baile
Natalie salió del baño y regresó como si solo hubiera ido a retocarse el maquillaje.
Mantuvo la cara tersa, aunque le temblaban las manos.
Las luces del salón de baile iluminaban la sala con un brillo casi irreal.
Todo parecía festivo.
Demasiado festivo.
En la mesa principal, Grant se sentó como si el evento fuera suyo.
Sonreía a alguien, relajado, intentando tranquilizar a los presentes.
Dos copas adornadas con cintas esperaban frente a ellos para el brindis principal, reflejando la luz como pequeñas promesas.
Natalie se deslizó en su asiento.
Grant se inclinó y le puso la mano en la rodilla debajo de la mesa; firme, posesiva, no delicada.
Sintió un nudo en el estómago.
—¿Dónde has estado? —preguntó en voz baja—. El brindis principal está a punto de comenzar.
Natalie mantuvo una expresión neutra.
—Tuve que arreglarme el vestido —respondió, pronunciando cada sílaba con cuidado.
Grant sonrió, pero la sonrisa se quedó en sus labios y no llegó a sus ojos.
—Bueno, ya estás de vuelta —dijo—. Compórtate. Concéntrate.
No era afecto.
Era una orden.
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