Y todos los presentes lo notaron.
El fiscal frunció el ceño por primera vez.
Mateo sujetó a Leo con un brazo y con el otro alzó el recuerdo.
—¿Te preocupa el contenido? —preguntó, mirando a Vicente.
“Mi preocupación es respetar este tribunal.”
“No. Le preocupa su reputación.”
El silencio volvió a reinar.
Opresivo.
Este tipo de silencio surge cuando una mentira comienza a desmoronarse desde dentro.
El juez extendió la mano.
“Señor Santos, por favor, entregue al niño a la madre y el dispositivo al secretario del juzgado. Inmediatamente.”
Mateo dudó durante dos segundos.
Luego, con mucho cuidado, devolvió a Leo a Clara.
Entregó la reliquia al secretario del tribunal.
Vicente metió la mano en el bolsillo de su abrigo.
Un gesto mínimo.
Pero Matteo la había visto.
Una guardia de seguridad que se encontraba cerca de la puerta también lo vio. Inmediatamente se puso rígida.
“¡Manos arriba!”, gritó.
Varias cabezas se volvieron a girar al mismo tiempo.
Vicente levantó la mano lentamente.
Vacío.
“Fui a buscar el teléfono para llamar a mi abogado.”
“Nadie va a llamar a nadie”, explicó el juez, “hasta que sepamos de qué se trata”.
Los periodistas, que hasta un minuto antes habían dado el caso por cerrado, se comportaron como animales que huelen sangre.
Uno de los técnicos judiciales conectó la tarjeta de memoria a un ordenador portátil en el edificio del juzgado.
Pareció una eternidad.
La pantalla se puso negra.
Entonces apareció una carpeta.
Solo tenía un nombre.
**ARANDA**
Nadie respiró aliviado.
El técnico abrió el primer archivo.
Era una grabación de audio.
La voz salió de los altavoces con un chasquido sordo.
«No quiero ningún error», dijo un hombre. «Julian firmará mañana. Esta noche desaparecerá. Y, si es necesario, el conductor también».
Las manos de Mateo se enfriaron.
Reconocí la voz.
Todos la conocían.
Era Vicente.
En el siguiente acto, la misma voz dijo algo diferente.
“El chico es perfecto. Tiene antecedentes penales menores, algunas deudas y lleva dos meses trabajando cerca del campamento. Introdúcelo en el negocio. Cómprale a quien quieras.”
El fiscal permaneció inmóvil.