No fue una cena familiar tranquila. Fue un auténtico banquete.
Treinta y dos invitados se sentaron bajo candelabros de cristal en Bellamy Hall, uno de los salones de eventos más caros de la ciudad. En la mesa central, Nolan, con un traje azul marino, se encontraba visiblemente incómodo, mientras que su nueva novia, Alina Cross, sonreía a su lado con un vestido de satén blanco.
Marjorie estaba de pie detrás de ellos, alzando con orgullo una copa de champán.
El texto que acompañaba la foto me revolvió el estómago.
“Por un nuevo comienzo. Bienvenida a la familia, Alina.”
Me quedé mirando la imagen durante casi un minuto antes de soltar una risita, no porque fuera graciosa, sino porque era justo el tipo de cosa que haría Marjorie. Ella nunca se limitaba a sustituir a la gente. Lo convertía en todo un espectáculo.
Esa noche, a las 9:46, sonó mi teléfono.
Marjorie.
Estuve a punto de ignorarlo, pero algo me impulsó a responder.
Su voz sonaba aguda, entrecortada y humillada.
“Lena, ¿por qué se rechaza mi tarjeta?”
Dirigí mi mirada hacia la encimera de la cocina, donde tres facturas de proveedores sin pagar reposaban junto a mi ordenador portátil.
—¿Qué carta? —pregunté con calma.
—La tarjeta familiar —espetó en voz baja—. La que está vinculada a la cuenta de catering. El restaurante dice que no la procesa.
Cerré los ojos.
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