Santiago tomó el sobre, pero no lo abrió. Se lo entregó a Valeria como si entendiera que algunas heridas no se tocan sin permiso.
Ella lo leyó en silencio. Sus manos no temblaron hasta la última línea.
—Joaquín viene —dijo.
—¿Quién es Joaquín? —preguntó Santiago.
Valeria respiró hondo. En el patio, los peones fingían trabajar, pero todos sabían que algo grave acababa de entrar al rancho.
—Mi antiguo patrón en Guadalajara. Yo administraba su casa. Cuando su esposa enfermó, él creyó que yo también era parte de sus propiedades. Una noche intentó meterse a mi cuarto. Yo grité, peleé y me fui. Después dijo que yo le había robado dinero y que lo había provocado para sacarle una casa.
Santiago cerró los puños.
—¿Le hizo daño?
Valeria tardó en responder.
—No como quería. Pero sí lo suficiente para dejarme sin nombre.
La noticia corrió más rápido que el viento. Para la tarde, en el pueblo ya se decía que Santiago Robles había metido en su casa a una ladrona de Guadalajara. Para la noche, Doña Carmen, madre de Santiago, llegó al rancho sin avisar.
Era una mujer elegante, viuda, de cabello blanco impecable y mirada dura.
—¿Es cierto que te casaste con ella? —preguntó frente a todos.
Valeria sintió que cada peón contenía la respiración.
Santiago no titubeó.
—Sí.
—¿Y pensabas avisarle a tu madre cuando ya le hubieras firmado medio rancho?
Valeria dio un paso atrás. Esa acusación dolió más porque era exactamente lo que la gente esperaba creer de ella.
—Yo no quiero nada suyo, señora.
Doña Carmen la miró de arriba abajo.
—Eso dicen todas cuando llegan con una maleta.
Santiago se interpuso.
—Mamá, basta.
—No. Tu padre levantó este rancho con las manos partidas. Carranza quiere quitarnos el agua, los abogados quieren hundirnos, y ahora tú apareces con una esposa de la nada.
—No apareció de la nada —dijo Santiago—. La encontré cuando nadie quiso defenderla.
—Eso no es matrimonio. Eso es lástima.
Valeria levantó la cara.
—Tiene razón en algo, señora. Esto empezó como una mentira para protegerme. Pero si su hijo pierde el rancho por mi culpa, me iré esta misma noche.
Santiago la miró de golpe.
—No vas a irte.
Doña Carmen abrió los ojos. Había escuchado algo en la voz de su hijo que no esperaba. Algo que no sonaba a obligación.
Al día siguiente fueron al registro civil del pueblo. No bastaba fingir. Carranza estaba revisando papeles, buscando huecos, preparando a Joaquín como testigo. Santiago y Valeria firmaron un acta real.
El juez les preguntó:
—¿Ambos entran a este matrimonio por voluntad propia?
Valeria miró la pluma. Luego miró a Santiago.
—Sí.
Santiago tardó 1 segundo más.
—Sí.
Cuando salieron, la gente en la plaza ya los estaba mirando. Valeria no sabía si sentirse protegida o atrapada. Su nombre escrito junto al de Santiago parecía una puerta cerrándose y otra abriéndose al mismo tiempo.
Esa noche, alguien cortó 40 metros de cerca del rancho. Don Mateo encontró huellas de camioneta y una navaja con las iniciales de uno de los hombres de Carranza.
Pero el golpe más fuerte llegó antes del amanecer.
Una mujer desconocida tocó la puerta principal. Venía polvosa, cansada, con una bolsa de piel y los ojos de alguien que había cruzado medio infierno para llegar.
—Busco a Valeria Cortés —dijo.
Valeria apareció detrás de Santiago y se quedó sin voz.
Era Mercedes Alarcón, la esposa de Joaquín.
Mercedes abrió la bolsa y puso sobre la mesa 17 cartas.
—Carranza le ha estado pagando a mi marido desde hace 8 meses. Todo esto fue planeado antes de que tú llegaras. Tú no eras el escándalo, Valeria. Eras la carnada.
Parte 3
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