Pero ya no quería que Camille decidiera nuestra historia.
—Entonces lucharemos —le dije—. Juntos.
Tenía miedo. Ella tenía dinero, abogados, influencia. Pero no tenía la verdad, y no nos tenía unidos.
Con la ayuda de Janet, reunimos historiales médicos, cartas y pruebas de manipulación y aislamiento. Gabriel recuperó su nombre. Ya no era Elias. Ya no era el fantasma.
Cuando entramos en la casa de Camille para hablar con ella, ya no me sentía pequeña.
—No debiste haberla traído —le siseó—. Siempre ha sido un problema.
—Ya no quiero que me borren —respondió Gabriel—. Voy a recuperar mi vida.
Le entregamos los documentos: declaraciones firmadas, resúmenes médicos, pruebas listas para la junta y la prensa. Perdió la compostura cuando su teléfono se iluminó con la convocatoria a una sesión de emergencia de la junta.
—Te arrepentirás —advirtió.
—No —respondí con calma—. Te arrepentirás de subestimar a tu hijo.
Durante treinta años, el pasado nos dominó. El dolor me dominó a mí. El control lo dominó a él.
Ya no.
Mientras nos alejábamos, de la mano, miré al hombre que estaba a mi lado, no al fantasma que había enterrado, ni al desconocido de la casa de al lado.
Gabriel.
Esta vez, nadie reescribiría nuestra historia.