Valeria pensó que era 1 broma. Esbozó 1 sonrisa nerviosa, pero él ni siquiera la miró. Sebastián se quitó los zapatos, tomó 1 almohada de la cama principal y se dirigió a la pequeña cama individual ubicada en la esquina opuesta de la suite, un mueble pensado originalmente para acomodar a algún niño o acompañante.
—Sebastián… —susurró Valeria, completamente desconcertada.
—De verdad no puedo, Valeria. Estoy muy cansado. Buenas noches.
Él apagó la lámpara de 1 solo golpe. La dejó allí, sentada en el borde de la inmensa cama matrimonial, inmóvil, sintiéndose patética con el vestido de novia a medio desabrochar, el peinado de salón intacto y el alma cayéndose a pedazos. Valeria lloró en silencio durante 1 hora entera, mordiendo las sábanas para ahogar sus sollozos, hasta que el agotamiento físico la venció.
Apenas durmió 40 minutos cuando 1 ruido sordo en la habitación la despertó de golpe. Eran casi las 4 de la mañana. La suite estaba en penumbras, pero la luz de la luna que entraba por el ventanal le permitió ver algo que le heló la sangre: la cama individual estaba vacía.
Sintiendo un nudo de angustia en el estómago, Valeria se levantó descalza. Abrió la puerta de la suite con un cuidado extremo para no hacer rechinar las bisagras. El largo pasillo colonial de la hacienda estaba oscuro, iluminado únicamente por 1 foco mortecino al fondo.
Entonces los escuchó.
Eran gemidos bajos. Apresurados. Respiraciones entrecortadas que rebotaban contra las paredes de piedra.
La mente de Valeria intentó buscar 100 excusas lógicas. Pero sus pies, movidos por una intuición aterradora, la obligaron a avanzar los 20 metros que la separaban del origen del sonido. El ruido provenía de la última habitación del pasillo: el cuarto asignado a Doña Rosa, su suegra. Casualmente, Doña Rosa se había retirado de la fiesta a las 11 de la noche alegando 1 fuerte migraña, y había dicho que dormiría profundamente.
Pero los sonidos que salían de ahí no eran los de 1 mujer enferma descansando.
Valeria llegó hasta la gruesa puerta de madera, sintiendo que le faltaba el aire. Pegó su oreja a la superficie fría. Y entonces, reconoció la voz femenina. Era 1 susurro inconfundible, 1 mezcla de jadeos y risas contenidas que Valeria había escuchado a lo largo de 15 años de confidencias juveniles. Era Renata.
Acto seguido, escuchó la voz grave de Sebastián, pronunciando el nombre de su mejor amiga con una pasión que a ella le había negado horas atrás.
El mundo de Valeria se desplomó en 1 fracción de segundo. No gritó. No salió corriendo. Se quedó allí, paralizada frente a la puerta cerrada, temblando en la oscuridad de la madrugada. Era imposible creer la pesadilla que estaba a punto de desatarse…
Valeria permaneció como 1 estatua de hielo frente a la habitación de su suegra durante 15 minutos que le parecieron siglos. Su corazón ya no latía con amor, sino con 1 furia sorda y calculadora. Finalmente, el ruido del cerrojo rompió el silencio del pasillo. La puerta se abrió.
Sebastián salió primero. Llevaba la camisa arrugada, desabotonada, y el cinturón flojo. Al levantar la vista y encontrarse de frente con la figura pálida de Valeria en la penumbra, su rostro perdió todo el color. Quedó petrificado, incapaz de articular 1 sola sílaba. 3 segundos después, Renata asomó la cabeza detrás de él. Tenía el cabello alborotado, el maquillaje escurrido por el sudor y los costosos tacones de diseñador sujetos en su mano derecha. Al ver a la novia, los ojos de la madrina de honor se llenaron del terror más absoluto.
—Valeria… —alcanzó a balbucear Sebastián, extendiendo 1 mano temblorosa.
—No te atrevas a pronunciar mi nombre —respondió ella. Su voz sonaba tan metálica y carente de emoción que asustó a los 2 traidores—. ¿Desde cuándo?
Renata se cubrió el rostro con las 2 manos y rompió a llorar ruidosamente.
—¡Perdóname, Vale! Yo… yo no quería que esto pasara… te lo juro…
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