—Esta es la escritura —dijo, mostrando el certificado—. El edificio se dona permanentemente a la comunidad.
Y en el centro, en letras grandes y negritas, se leía:
Fundador Honorario: Richard Miller.
La visión de Richard se nubló. Por un instante, no oyó nada más que los latidos de su propio corazón. Hope bajó y colocó la escritura enmarcada en sus manos temblorosas.
—No me merezco esto —intentó decir Richard con la voz quebrada.
Hope negó con la cabeza—. Sí que te lo mereces —susurró—. Le diste al amor un lugar adonde ir. Y se multiplicó.
Richard finalmente recuperó la voz. «Entré en este lugar durante una tormenta», dijo con voz ronca y baja. La habitación quedó en silencio.
«Estaba vacío», admitió. «Me quedaba amor, pero no tenía dónde depositarlo».
Miró a sus hijas: nueve mujeres, aún juntas.
—Mi esposa me dijo que no dejara morir el amor —dijo con la voz quebrada—. Me dijo que le diera un lugar donde vivir.
—Alzó la cabeza, con los ojos humedecidos—. Y así lo hice —susurró—. Y mira lo que el amor me devolvió.
Los aplausos volvieron a estallar, fuertes e imparables. Y Richard permaneció allí temblando, sosteniendo la prueba de una vida reconstruida, dándose cuenta de que la verdadera sorpresa no era el éxito.
Fue el regreso.