Él sonrió.
“Después de dormir en mi coche, creo que puedo preocuparme un poco menos por tu seguridad. Te llevo.”
Debería haber dicho que no.
Pero caminar sola por la ciudad a esa hora no era una buena idea.
—De acuerdo. Pero si resulta que es un asesino en serie, me voy a enfurecer.

-Anotado.
Golpeó el cristal que lo separaba del conductor.
—Ricardo, podemos irnos
El coche se deslizaba por las avenidas de la Ciudad de México con una suavidad que ningún Uber compartido podría igualar.
—¿Por qué estás tan cansado? —preguntó ella.
—Trabajo a tiempo completo. Dos empleos. Duermo cuatro o cinco horas si tengo suerte.
—Eso no es sostenible.
—La vida no es igual para todos.
—No. Pero tampoco deberías destruirte a ti mismo.
Cuando llegamos a mi modesto edificio, me di cuenta de cómo observaba atentamente las calles.
Estaba a punto de bajar las escaleras cuando dijo:
—Necesito un asistente personal. El sueldo es alto. Horario flexible.
Me quedé paralizado.
“¿Qué?”
Sacó una tarjeta de su chaqueta.
“Alguien que organice mi agenda, responda correos electrónicos y se encargue de mi casa cuando viajo. Y, obviamente, necesito un trabajo que no me mate.”
—No necesito caridad.
—No es caridad. Es un trato justo.
Tomé la tarjeta
Gabriel Albuquerque — Director ejecutivo
⏬ Continua en la siguiente pagina ⏬