Alejandro respiró hondo.
—Entonces también empiezo yo.
Bajó por la escalera de servicio. En el salón, Renata estaba hermosa con un vestido plateado, levantando una copa junto a Javier Beltrán y Nicolás. Sobre una mesa, el abogado Damián acomodaba documentos.
Uno de los invitados vio a Alejandro.
La música se detuvo.
Renata giró. El color se le fue del rostro.
—Alejandro…
Él levantó las rosas destruidas.
—Sorpresa.
Nadie sabía todavía que la fiesta acababa de convertirse en juicio…
PARTE 3
Renata caminó hacia Alejandro con su sonrisa de fotografía.
—Debiste avisar. Habríamos preparado algo.
—Ya veo que preparaste bastante.
Alejandro tomó uno de los documentos de la mesa. Ahí estaba el nombre de Valentina, su número de fideicomiso, cláusulas sobre “inestabilidad emocional” y transferencia temporal de derechos.
—Tiene dieciséis años —dijo él.
Renata endureció la mirada.
—Y se comporta como una amenaza para esta familia.
—No. Tú la convertiste en una.
El salón murmuró.
Javier Beltrán intentó intervenir.
—Alejandro, estás alterado. Hablemos en privado.
—No. En esta casa ya hubo demasiadas cosas privadas.
Nicolás soltó una risa.
—Su hija es muy dramática, señor Mondragón.
Alejandro volteó lentamente.
—Vuelve a hablar de mi hija y tu apellido no vuelve a entrar a ningún consejo, banco ni proyecto donde yo tenga voz.
Nicolás tragó saliva.
En ese momento entró Héctor con dos hombres de seguridad. Detrás apareció Sara Villalobos, empapada por la lluvia, con un portafolio en la mano y furia en los ojos.
Revisó los documentos.
—Esto intenta activar una evaluación mental de una menor sin consentimiento completo. Es ilegal y depredador.
Renata alzó la voz.
—¡Yo sólo estaba protegiendo a mi familia!
Entonces Valentina apareció en la escalera, pálida pero de pie. Maricela iba detrás de ella.
—Valentina, vuelve a tu cuarto —ordenó Renata.
—No.
Fue una palabra pequeña, pero hizo temblar el salón.
Valentina bajó despacio.
—Me dijiste que papá escogería la empresa antes que a mí. Me dijiste que si no firmaba, me mandarías a un lugar donde nadie escucharía mis berrinches. Me dijiste que las niñas como yo se corrigen antes de destruir a sus familias.
Renata apretó la copa hasta casi romperla.
—Eres una malagradecida.
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