Valentina, de dieciséis años, estaba sentada en el suelo, abrazada a sus rodillas, llorando sin hacer ruido. A su alrededor había dos maletas abiertas, ropa doblada a toda prisa, su mochila de la escuela, su pasaporte y un sobre con dinero.
Sobre la cama había una carta con el nombre de Alejandro escrito al frente.
Valentina llevaba un suéter de manga larga aunque hacía calor. Tenía la cara hinchada de tanto llorar. En la mano apretaba una foto vieja donde Alejandro la cargaba cuando era niña.
Las rosas se le resbalaron de los dedos.
—Mi hija… ¿por qué está empacando?
Maricela tragó saliva.
—Porque esta noche iban a llevársela, señor.
—¿Quiénes?
Desde abajo se escuchó la risa de Renata, brillante, perfecta, cruel.
Maricela respondió casi sin voz:
—Su esposa.
Alejandro miró otra vez a Valentina. Ella tomó la carta de la cama y la abrazó contra su pecho, como si fuera lo único que le quedaba.
Y entonces Alejandro entendió que no había regresado a sorprender a su familia.
Había regresado justo antes de perderla para siempre.
Lo que estaba a punto de descubrir en esa carta era algo que ningún padre podía imaginar sin sentir vergüenza de haber llegado tan tarde…
Alejandro abrió la puerta.
—Valentina.
Su hija levantó la cara y se quedó inmóvil, como si estuviera viendo un fantasma. Luego retrocedió asustada, golpeando una maleta con el pie.
—¿Papá?
—Soy yo.
Entonces ella corrió hacia él y se le colgó del cuello con tanta desesperación que Alejandro casi cayó de rodillas. No era el abrazo feliz de una hija que ve regresar a su padre. Era el abrazo de alguien que había estado aguantando demasiado.
—Pensé que estabas en España —sollozó.
—Volví antes.
—No debías volver.
Esa frase le dolió más que cualquier golpe.
Alejandro la separó apenas para mirarla. Entonces vio las marcas rojas en su muñeca. No eran raspones. Eran dedos.
—¿Quién te hizo esto?
⏬ Continua en la siguiente pagina ⏬