Afuera, todo se desmoronó rápidamente.
El futuro perfecto de Ruth se derrumbó.
La identidad de Damian se resquebrajó.
Y Cristina se marchó libre.
Pero la verdad no terminaba ahí.
Más tarde ese mismo día, su contable descubrió algo peor.
Damian había estado transfiriendo dinero de la empresa en secreto.
A Ruth.
Cada mes.
La misma cantidad que el salario de Cristina.
Durante meses.
La traición se hizo más profunda.
No solo emocional.
Financiero.
Calculado.
Frío.
Cristina se quedó junto a la ventana, observando cómo la ciudad seguía su curso como si nada hubiera pasado.
—¿Deberíamos denunciarlo? —preguntó el contable.
Eso significaría ir a prisión.
Años de consecuencias.
Cristina pensó detenidamente.
Luego negó con la cabeza.
“Aún no.”
En cambio, eligió otra cosa.
Control.
Al día siguiente, le dio a Damian a elegir.
Prisión.
O reembolso.
Salario reducido.
Años de trabajo.
Un largo camino de regreso.
Él optó por pagar.
No porque fuera fácil.
Porque era la única salida que quedaba.
Ruth no se quedó.
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