Qué palabra tan extraña ahora.
Los recuerdos la invadieron: las mentiras, las excusas nocturnas, los recibos de un apartamento secreto y, finalmente, aquel día en que vio a Ruth salir de allí, ajustándose la blusa como si fuera dueña de todo lo que Cristina había construido.
Incluido su marido.
Unos golpes en la ventana la hicieron retroceder.
Damian estaba allí de pie, con un traje impecable y esa sonrisa segura y ensayada.
A su lado, Ruth lucía elegante y sofisticada, su presencia se hacía notar sin necesidad de pronunciar palabra.
—¿Nos vamos? —preguntó Damián.
Cristina salió con calma.
“No querría retrasar el día más importante de tu vida.”
Ruth sonrió con sorna.
“Sin rencores, ¿verdad? Esto es mejor para todos.”
Sus ojos se desviaron deliberadamente hacia el vientre de Cristina.
“Ahora tienes… otras prioridades.”
Cristina no reaccionó.
—Tienes razón —dijo en voz baja—. Las prioridades cambian.
Pero algo en su tono hizo que Ruth dudara.
Dentro del juzgado, la tensión era palpable.
Para cuando llegaron a la sala del tribunal, Cristina sintió que su bebé se movía dentro de ella, como si incluso él supiera que algo importante estaba a punto de suceder.
Esto no fue un final.
Fue un comienzo.
El juez dio inicio al procedimiento.
Damian confirmó el divorcio con total seguridad, imaginando ya su nueva vida.
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