Nicole fue arrestada ese otoño por cargos de fraude tras usar la información personal de una excompañera de piso para abrir dos líneas de crédito. Me enteré porque Ryan llamó desde un número desconocido y dejó un mensaje de voz que sonaba como el de un hombre ahogado en sus propias decisiones. Nicole se había estado quedando con él. Había sacado dinero de su caja fuerte, no había pagado las cuotas del coche a su nombre y le había dejado montones de avisos de cobro en la encimera de la cocina del apartamento que alquilaba y que no podía conservar.
Escuché el mensaje de voz una sola vez.
Luego lo borré.
Para el invierno, la quemadura en mi rostro se había convertido en una fina línea pálida cerca de la mandíbula, visible solo con cierta luz. La dejé al descubierto. Me mudé a un nuevo apartamento en Dublin, Ohio, cerca del río y a veinte minutos del trabajo. Compré un sillón azul que nadie más podría manchar ni reclamar. Reemplacé la vajilla que le gustaba a Ryan por la que yo prefería. Dormía toda la noche.
El divorcio se hizo definitivo un frío lunes de enero.
Esa noche, Tasha vino con comida para llevar del restaurante tailandés de abajo y una botella de agua con gas porque ninguna de las dos necesitaba nada más fuerte para celebrar la paz. Observó mi apartamento: las estanterías reconstruidas, el cuadro enmarcado sobre el sofá, la tranquilidad.
—¿Qué se siente? —preguntó ella.
Pensé en aquella mañana en la cocina. El calor en mi piel. La voz de Ryan. La mirada expectante de Nicole. El anillo sobre la mesa. La casa vacía. El policía junto a mis cajas. Todo terminó porque un hombre creyó que el miedo me mantendría quieta.
Entonces miré a mi alrededor y reflexioné sobre la vida que había llevado a cabo con mis propias manos.
—Siento —dije— que salí antes de perder la parte de mí que se habría quedado.
Y esa fue la última vez que hablé de Ryan como si todavía tuviera algún lugar en mi futuro.