Un suave crujido. Alguien se movía.
Su pulso se aceleró mientras agarraba la lámpara junto a su cama y la encendía.
La puerta del armario estaba abierta.
Las fundas para la ropa estaban abiertas.
Se abalanzó sobre el primer vestido: cortado de arriba abajo. El segundo: cortado limpiamente por la mitad. El tercero y el cuarto: completamente destrozados, colgando en tiras de tela arruinada.
Madison cayó de rodillas, conmocionada.
La puerta de la habitación se abrió.
Frank estaba parado en el umbral, bloqueando la salida. Detrás de él, Carol ni siquiera la miraba a los ojos. Tyler se apoyaba despreocupadamente contra la pared del pasillo con una sonrisa burlona.
—Te lo buscaste —dijo Frank con frialdad—. Quizás ahora por fin entiendas que no eres mejor que nosotros solo porque juegues a ser soldado.
Madison no podía hablar. Buscó desesperadamente en el rostro de su madre algún rastro de culpa o compasión, pero no había nada. Tyler rió en voz baja.
—Sin vestido, no hay boda —dijo Frank con satisfacción—. Problema resuelto.
Luego se marcharon y la dejaron sentada sola en la oscuridad.
Madison nunca lloró.
Permaneció en el suelo, rodeada de telas destrozadas, hasta que el dolor que sentía dejó de arder.
Lo que lo reemplazó fue más frío. Más duro.
Esa noche, finalmente aceptó la verdad: nunca la amarían ni la aceptarían. Su objetivo siempre había sido destruirla.
Pero olvidaron algo importante.
Nunca fue débil.
Era una oficial. A las cuatro de la mañana, se levantó. Empacó sus cosas rápidamente. En el fondo del cajón de su cómoda, encontró una pequeña nota manuscrita que Ethan le había dado:
«Pase lo que pase, te elijo a ti».
Se aferró a esas palabras con fuerza.
Al fondo del armario, intacta, estaba lo único que no se habían atrevido a destruir.
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